Para sorpresa de toda madre, es casi seguro que su bebé dirá “papá” antes que “mamá”. ¿Un desagradecido? En absoluto. Por el contrario, el hecho de no nombrarla debe ser tomado como todo un tributo. Esto es así porque nombrar una realidad (un objeto, una persona, una sensación) significa reconocerla como algo que está frente a mí, que es diferente; implica distinguir entre el “yo” (sujeto) y el “tú” (objeto). La madre es, para el bebé desde lo psicológico, parte de sí mismo; como una extensión de su propio cuerpo. El padre, por lo tanto, es para él un referente externo, pero no por eso menos importante.
Tanto la madre como el padre tienen por delante la misma tarea de aprender amar a la nueva criatura. La madre tiene “datos internos” desde las primeras manifestaciones de su cuerpo durante el embarazo, que le proporcionan información inmediata para conocer al bebé –sus movimientos, el hipo, las pataletas-; y esto le facilita el contacto emocional.
Sin embargo, el padre también puede ir conociendo a su hijo de diferentes maneras. Si se busca evidencia directa, el hecho de acariciar la tripa de su mujer, sentir los movimientos, ver al bebé en una ecografía o escuchar los latidos en la consulta aparecen como datos de la realidad muy fuertes. Pero los sentidos -el tacto, la vista o el oído- no son los únicos medios para penetrar en el misterio de la vida que se está generando. También está el intelecto. Y aquí el padre (y también la madre) puede ser un gran conocedor de su hijo: aprender qué dice la ciencia sobre el desarrollo del bebé en tal o cual mes, explorar imágenes por Internet, conocer manifestaciones asombrosas que se desarrollan en el útero y que no son perceptibles sensiblemente. En fin, conocer más de su hijo y mostrar interés por saber.
Una vez que el bebé está fuera de la tripa, empieza una nueva relación tanto para la madre como para el padre. Ambos tienen que convertirse en lo que están llamados a hacer, amar a su hijo. Tal vez por eso de que “nadie ama lo que no conoce”, no es raro que la madre sienta, por momentos, que está frente a un extraño; y, lo peor, cuando no puede confesárselo a nadie. ¡Qué dirían del “instinto maternal”! Puede ser tranquilizador saber que ese instinto está muy condimentado por la cultura, más que por la naturaleza biológica. Lo que es muy beneficioso para las madres adoptivas, que no por instinto sino por amor pueden empezar a aprender a amar/conocer al nuevo hijo.
Para ambos por igual, el padre y la madre, empieza la tarea de explorar al recién llegado, mirar sus manitas, conocer sus reacciones, distinguir sus llantos, saber qué cosas lo calman. Cada uno sabrá además qué preferencias tiene para vincularse con el bebé. Marcela cuenta, por ejemplo, que a ella no le gustaba bañar al recién nacido. “Me sentía incapaz, tenía miedo de que se me escurriera, y esperaba a mi marido para que lo hiciera él.” De ese modo, el padre sabía que ese era su lugar especial y disfrutaba con esto. “Mi marido le ponía música, creaba el ambiente, y así yo descansaba mientras ellos tenían su rato a solas”. El padre se estaba haciendo padre para ese hijo.
Otro dato: los bebés parecen disfrutar más de las propuestas de juego que vienen de los padres, mientras que de sus madres prefieren el contacto físico. Tal vez esto se explique por aquella simbiosis que experimenta el bebé con ella, al principio. De todos modos, lo ideal es poder generar una educación conjunta, en la que las funciones se cambien y, sobre todo, se adapten a las personalidades y preferencias de cada uno y no a supuestos “roles” masculinos o femeninos estereotipados. Lo importante es buscar el camino para aprender a amar al bebé y que éste se sienta amado. Creciendo cada cual desde sus diferencias, en la aventura de crecimiento que supone el ser padres de una persona.