Después, hacia el final del embarazo, el cambio se hace notar en toda la casa: aparece el moisés, el ajuar del bebé, pañales y regalos. Pero la transformación más notoria, la más radical y decisiva, se da con la llegada del nuevo hijo. Esto afecta tanto a la madre como al padre. Ambos tienen que readaptarse a la realidad de la familia ampliada; sobre todo, si se trata del primer bebé.
Las noches dan poco descanso, las salidas con amigso se limitan o se adaptan a las necesidades del recién nacido, la agenda de actividades diarias está marcada por los horarios de otro ser. Al principio, el padre y la madre pueden sentir que han perdido la independencia, y aunque no dejen de valorar la maravilla de tener frente de ellos una vida generada por su amor; también aparece el temor, muchas veces en forma de angustia.
El hecho de que el padre no manifieste una típica depresión post parto, no quita que sienta que su responsabilidad familiar ha aumentado; y esto puede agobiarlo un poco. En ese caso, lo mejor que pueden hacer marido y mujer es hablar del tema, expresar los miedos o la inseguridad y estar dispuestos a recibir la comprensión del otro. Una fuente de angustia que a veces no es tomada en cuenta está en el propio cansancio.
El padre sabe, en el mejor de los casos, que debe ayudar a su mujer por la noche, alcanzarle el bebé, calmarlo si llora y dar un poco de respiro a la madre que pasa encerrada los primeros días con este tipo de actividades. Sin embargo, las noches así se harán notar muy bien por la mañana siguiente, cuando el padre vuelve a su lugar de trabajo con las características “ojeras post parto”.
Silvia explica que, cuando tuvieron a su primera hija, su esposo José –de común acuerdo con ella- se mudó al cuarto de invitados para poder dormir. “Al principio me ayudaba en todo, pero después de una o dos semanas, estaba desesperado por el cansancio y el sueño. A mí me pareció bien que se trasladara por la noche durante unos días, hasta que se organizara un poco el horario familiar”, cuenta Silvia.
Sucede que muchas mujeres han vivido la experiencia, a veces con susto, de ver a un marido que, sin pensarlo mucho, empieza a vivir la paternidad como algo frustrante. Pero casi siempre es una frustración producida por el estrés, el cual, además de cansancio, acumula temor e incertidumbre.
La situación nueva es claramente diferente, pero ¿hasta cuándo?, se preguntan muchos padres y también muchas madres. ¿Podré volver al ritmo anterior o este cambio es para siempre? Algunas veces, los primeros días del bebé en la casa traen aparejada una sensación de encierro e inmovilidad que, sobre todo a los padres primerizos, les cuesta sobrellevar.
Vale la pena, entonces, remarcar que se trata de una situación transitoria pero de la cual algo va a permanecer: sí, este cambio es para siempre y las cosas no van a volver a la mismísima posición en la que estaban. Por el contrario, todo tiene ahora una oportunidad para ser mejor de lo que era. Marido y mujer pueden crecer en la experiencia compartida tanto como en la vivencia individual de lo que significa poner a otro ser en primer lugar y dar vida. Algo que no está sólo presente al concebir al hijo, sino cada día, con cada gesto educador. La oportunidad de vivir esta transición de manera gustosa y fructífera depende, en gran medida, de la capacidad que tengan los dos para compartirla; como también, de la libertad que sientan para expresar lo que necesitan.