El útero es un órgano principalmente formado por tejido muscular. Como todo músculo tiene actividad contráctil durante toda su vida, dentro y fuera del embarazo aunque habitualmente esto no es percibido por la mujer. Durante la gestación y hasta la semana 30 del embarazo esta actividad es casi inadvertida. En el embarazo, asimismo, se presentan dos tipos de contracciones:
Contracciones
- las contracciones de Álvarez , que son muy suaves y de gran frecuencia.
- las contracciones de Braxton Hicks , que se presentan en forma más intensa y esporádica.
Seguramente, la madre que está llegando a este período cercano al parto ya distingue perfectamente entre unas y otras, así como seguramente sabe también cómo contabilizar los movimientos del bebé antes de notificar a su médico por cualquier novedad.
Sin embargo, hay que notar que cerca del momento del parto se produce una transición del patrón de contracciones, pasando de contracciones de embarazo a las de parto. Antes de éste, se habla de un período "preparto" caracterizado por el aumento del número de las contracciones que por momentos se asemejan a las de parto, aunque no perduran en el tiempo desapareciendo por horas o bien aislándose unas de otras para tal vez regresar horas o días después. Cada mujer es diferente, pero también cada parto que ella tenga lo será, por eso, a pesar de haber tenido otros hijos puede ocurrir que una madre dude ante sus contracciones si se acerca o no el momento de conocer a su bebé. Además, muchas mujeres no sienten las contracciones hasta que no están muy avanzadas en el trabajo de parto, mientras que otras no experimentan la ruptura del saco con agua que rodea al bebé en el vientre materno. También hay quienes sufren la caída del tapón mucoso días antes de dar a luz o justo horas antes, cuando el útero empieza a dilatarse, y otras, en cambio, no experimentan esta pérdida.
Se puede decir, en general, que el trabajo de parto ha comenzado si:
- Las contracciones ocurren en intervalos regulares y a medida que avanza el día, suceden cada vez más a menudo.
- Las contracciones no se alivian cuando se está en movimiento o se cambia de posición.
- Se sienten las contracciones en la espalda y que de ahí se irradian hacia el abdomen.
- Las contracciones son cada vez más fuertes.
Uno o todos estos síntomas pueden estar presentes. Pero, respecto a las contracciones, se sabe que cuando se acerca el momento del parto la contractilidad uterina aumenta. Esa intensidad y frecuencia que la mayoría de las veces producen molestia y dolor son indispensables para que se produzcan las modificaciones necesarias en el cuello uterino, para poder dar paso al bebé. A este período se lo denomina período de dilatación. Las contracciones pueden llegar a presentarse cada 3 minutos aproximadamente. Los empujones serán los que permitan el paso final del bebé por el "canal de parto". Pero las contracciones no acaban allí, ya que después del nacimiento continúan hasta expulsar la placenta, período denominado alumbramiento.
También en el postparto o puerperio continúan las contracciones pero son generalmente suaves e indoloras, aunque pueden producir molestias que se calman con algún analgésico recomendado por el obstetra. La función de estas contracciones finales es permitir que el útero retorne a su tamaño natural.
¿Qué son los monitorizaciones?
A fin de comprobar el estado de salud del bebé, en el último tramo del embarazo es habitual que el obstetra indique realizar monitorizaciones quincenales o semanales.
El médico irá monitorizando la actividad del bebé mediante una especie de "cinturón" que se coloca en la barriga de la madre. Con ambas mediciones, el médico tendrá indicaciones del estado de salud del bebé.
También es habitual que una vez ingresada y ya en el propio proceso de parto, se le realicen monitorizaciones a la madre para hacer un seguimiento de la actividad del bebé.
Durante el período expulsivo, desde la dilatación completa y hasta el nacimiento, se agregan a la fuerza de las contracciones uterinas los empujones maternos. La penetración de la cabeza del bebé en la pelvis desencadena un reflejo que lleva a la madre a comprimir sus músculos abdominales tratando de expulsar a su bebé al exterior de su cuerpo. Este trabajo resulta agotador para la madre, quien vive el momento con una gran responsabilidad ya que no basta con empujar, sino que hay que hacerlo logrando hacer coincidir su fuerza con el momento adecuado de la contracción, para que resulte eficaz. Es conveniente que justo antes del empuje la madre inspire profundamente reteniendo el aire y cerrando luego la boca realice fuerza en dirección a sus genitales. Esta práctica resultará familiar para quien ha tenido un bebé antes, pero no deja de ser una experiencia que conmueve. Los cursos previos al parto ayudan mucho en esta función de revivir (o anticipar, en el caso de las primerizas) el ejercicio que se le pedirá a la madre en la sala de partos, algo de lo que también participa el padre. De esa manera, ambos estarán mejor preparados para enfrentar con más calma -sobre todo el padre, claramente- el momento de "trabajar" en el parto.