martes, 07 de febrero de 2012
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La Angustia del Octavo Mes: Quiero a Mi Mamá


 
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Así cómo el bebé va desarrollando sus actividades y modificando sus conductas, su relación con los demás sufre cambios. Una de los cambios más repetidos es el que se conoce como Angustia del Octavo Mes. Los extraños y hasta quienes no lo son le provocan temor y desasosiego, y su referente casi único vuelve a ser su madre.

“Estamos asombrados: mi bebé suele dormir toda la noche pero ahora se despierta varias veces  llorando desesperadamente; estamos alarmados, ¿le dolerá algo?, ¿estará enfermo?”.

“Nuestro bebé era muy simpático y le sonreía a todos: ahora sólo quiere estar conmigo y llora con las demás personas: ¿por qué?”.

Estos relatos de las madres son habituales en las consultas de los médicos y, si se indaga acerca de la edad del bebé, se descubrirá que todos pasaron el quinto mes de vida. La mal llamada “angustia del octavo mes” o “angustia ante los extraños” es una etapa normal en la vida del bebé que se caracteriza por la ansiedad que siente la criatura, y a veces, inclusive terror, ante los desconocidos.

 

 “El nombre no es el adecuado, porque la angustia tanto puede aparecer en el octavo mes, como en el quinto o en el número catorce. En psicología madurativa se le da este nombre a lo que tiene que ver básicamente con el reconocimiento de lo propio y lo extraño”, explica Javier Tain, médico pediatra. La característica principal es el temor al abandono de la madre, por eso, el bebé está mucho más aferrado” a su madre. “El extrañar a la madre es predominante en sus preferencias y bastante más atrás está el resto del grupo familiar”, dice Tain. Esto explica que, a veces, los “rechazados” por el bebé son los cariñosos abuelos, los tíos o la persona que ayuda en casa, que no se explican este cambio abrupto del pequeño.


¿Qué le sucede al bebé en esos momentos? Esta conducta extraña se explica porque él reconoce que su vida ha dependido hasta ese momento de su madre -o de su principal cuidador-,  que diariamente y casi con exclusividad se dedica a satisfacer sus necesidades básicas, en especial, la alimentación y el descanso. Por eso, al reconocerse distinto y separado de esta persona que lo atiende en particular, surge la angustia  y, tal vez, se imagina librado a su propia suerte. De ahí, el otro nombre que adopta este cuadro de ansiedad sufrido por el bebé, “temor al abandono” (de ese ser que él necesita para sus necesidades básicas).

 

“Al mismo tiempo se reconoce lo extraño: por ejemplo, si un abuelo ha pasado una semana sin verlo, probablemente el nuevo encuentro sumirá al bebé en un estado de desasosiego o angustia, tal vez, acompañado de llanto o de rechazo del abuelo”, cuenta Tain. O si el bebé era muy sociable y sonreía a todos, de pronto, se convierte en un antipático que no sonríe a nadie y se comporta mal.
 


Lo que se puede hacer


 
“Los miedos, las ansiedades, las depresiones son parte de la vida emotiva normal del niño (y del adulto) y es preciso aceptar y respetar estos sentimientos tratando de dar tiempo al niño para superarlos naturalmente; no para evitarlos sino para superarlos”, dice el pediatra Roberto Albani, en “Comprender a tu hijo”.

Muchas madres atraviesan esta etapa con dudas y ansiedades, ya que el bebé, que ya había comenzado a establecer una rutina de comida y sueño, comienza a inquietarse fruto de esta ansiedad y altera la estabilidad que se había establecido en su cuidado.
Incluso muchas tienen que cambiar de planes para adecuarse a la realidad psicológica de su bebé. “Pensaba acompañar a mi esposo a un viaje de trabajo y dejar al bebé, pero el pediatra lo desaconsejó. La opción era llevarla a ella”, cuenta Sofía Cuadra. El bebé, de ocho meses, se encontraba en esta etapa y se despierta muchas veces de noche, angustiado. “Inclusive hay niños que lloran dormidos”, dice Tain. “Aunque, por supuesto, hay bebés que pasan por esta etapa sin que se note esta sintomatología. Es como la etapa de la adolescencia: hay quienes la sufren mucho y otros la pasan sin complicaciones”.

 
Hay muchas cosas que se pueden hacer para ayudar al bebé en esta etapa:

 

  • Cuando manifiesta esta angustia, no dejarlo llorar sin prestarle atención. Tampoco hay que dejarlo mucho tiempo solo o en una habitación oscura para enseñarle a vencer su miedo al abandono, ya que puede ser contraproducente, porque el bebé confirma su temor y puede volverse más aprensivo. Sí se puede dejarlo un momento y reaparecer enseguida, para que comience a comprender que la madre no desaparece completamente cuando deja la habitación en que él se encuentra.

 

  • Si llora mientras duerme o se despierta a la mitad de la noche angustiado, no sacarlo de la cuna. Porque si con ese cuadro de angustia, lo gratificamos demasiado-por ejemplo, encendiendo la luz, jugando con él, o paseándolo-, comienza a aparecer el trastorno de sueño. Por el contrario, hay que acompañarlo tranquilizándolo, hablándole, tal vez, acariciándolo, pero dándole el mensaje de que todo está bien y de que tiene que dormirse otra vez, tranquilo.


Dejar al bebé que acompañe a la mamá

 

  • Ayudarle a asimilar el concepto de permanencia de las cosas. El típico juego de esconder la cara detrás de una mano y aparecer después, puede divertir mucho al bebé y lo ayuda a asimilar el hecho de que las cosas y las personas no desaparecen, aunque no estén dentro de su campo visual.

 

  • Es bueno y tranquilizador explicar a familiares y amigos que el bebé está pasando por una etapa de “angustia” ante los extraños y que no tomen a mal si llora ante ellos. Las personas que no ven al bebé tan frecuentemente, para conquistarlo,  deberán acercársele lentamente, hablándole o jugando con él, mientras él permanece cerca de su madre.

 

  • Si el bebé llora mucho cuando la madre se va a trabajar o desaparece, en principio, hay que tratar de limitar lo más posible el tiempo que se permanece alejado de él, hasta que se convenza de que la madre se va y vuelve.

 

  • Si a pesar de los esfuerzos por darle más confianza y contención en esta etapa, el llanto y la angustia persisten exageradamente, la consulta con el pediatra es necesaria. También puede ser que la persona que lo cuide no sea la adecuada, que le falte atención y cariño cuando no está al cuidado de la madre.

· 

  • Si se tiene plena confianza en la persona con quien se ha quedado y no obstante el bebé llora al separarse de la madre, es bueno comprobar -por ejemplo llamando por teléfono 10 minutos después de despedirse- si sigue angustiado. Lo más probable es que la angustia haya pasado.

 

  •  Muchos bebés, especialmente los más grandes, comienzan a apegarse a un objeto de transición, un paño o un juguete, que los ayuda a superar esta angustia.


 “Lo importante es no confirmar sus temores, volviéndose desaprensivos con su llanto, o desapareciendo durante tiempo”, explica el pediatra.

“El bebé todavía no advierte que hay una habitación al lado: si la madre desaparece de su campo visual, para él, desapareció y se concretó su temor al abandono”, dice Tain.
Esta angustia comienza a atenuarse y luego a desaparecer al cabo de unos pocos meses -normalmente dura de dos a tres meses y puede llegar a seis- y sólo reaparece en ciertos momentos de crisis. “De una razonable solución a estos conflictos depende la adquisición de una buena capacidad para relacionarse, que influirá mucho en el establecimiento de relaciones significativas en el futuro y en la caracterización de la estructura de la personalidad del niño”, explica Albani en su libro.

En este período, están contraindicadas las largas ausencias de los padres. La contención en esta etapa es fundamental, ya que se le reafirma al bebé que sus temores no se concretarán en los hechos, ayudando a que esta etapa pase pronto.
 

La formación de la personalidad


 
La “angustia del octavo mes” o “ansiedad por la separación de la madre” es, en realidad, una etapa en el camino hacia la adquisición de uno de los aspectos básicos de la personalidad, como es la constancia emotiva del objeto, es decir, la capacidad de representarse constantemente en la memoria una imagen mental de la madre.


Esto se logra hacia el tercer año de vida. Mientras en los primeros meses de vida -durante la “lactancia”- la madre es el “objeto de amor” del lactante, que obtiene a través de ella la satisfacción de sus necesidades físicas y emotivas, ya hacia los seis meses el bebé advierte la separación que existe entre su “yo” y el “objeto”. Por eso, también aparece la angustia que produce el miedo a que ese objeto desaparezca.

 

“Luego, la capacidad de moverse autónomamente para explorar, hace olvidar momentáneamente de forma temporal el objeto”, explica el pediatra Roberto Albani en el libro “Comprender a tu hijo”. Entre los 15 y 18 meses, vuelven los temores del bebé, pero esta vez, es el miedo a perder “el amor de la madre” y no a la madre misma. El bebé tiene dificultad en unir las dos imágenes que tiene de su mamá, la de la madre buena (que lo quiere y lo atiende) y la de la madre mala (que pone límites y le dice “no”), lo que le crea sentimientos de amor y odio con respecto a ella y manifiesta una cierta agresividad más o menos latente. Sin embargo, hacia el tercer año de vida, “la fusión de las dos imágenes de la madre, “buena” y “mala”, ya se ha realizado en la mente del pequeño en condiciones óptimas”, explica Albani. Por eso, el pequeño puede permanecer tranquilo y realizar todas sus actividades en ausencia de sus padres.

 

“Durante esta ausencia es capaz de representarse constantemente en la memoria una imagen mental de la madre, de modo que su presencia ya no le es indispensable como antes. Esta imagen se vuelve tranquilizadora  por si misma y el niño puede continuar con sus juegos y actividades de modo satisfactorio aunque esté solo”, dice Albani. Pero las etapas anteriores son fundamentales para que se pueda establecer esta constancia del objeto, ya que se requiere que el niño haya experimentado: primero, la confianza básica adquirida a través de la satisfacción regular de las necesidades físicas y emotivas por parte de la madre (o del padre) durante la lactancia y, segundo, la adquisición de la capacidad de ofrecerse una representación simbólica interna del objeto del amor, es decir  la madre, durante las fases sucesivas. “Obviamente, las diferencias de las dotes innatas de cada niño inciden más o menos favorablemente en este proceso”, explica Albani.

 

Esto explica que ya en el tercer año, se puede dejar a la criatura durante períodos cada vez más largos, incluso en condiciones en parte frustrantes o tensionantes para él, como puede ser el preescolar. “Del resultado favorable de este proceso depende una conquista de importancia crucial en la vida del individuo: la capacidad de una relación de amor que se basa en el recíproco dar-tener, propia del niño en edad escolar y el adulto (ideal que raras veces se alcanza, ni aún en toda la vida)”, concluye el pediatra.
 


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Fecha: 03/07/2008
Cantidad de visitas: 1012


Comentarios
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Nuria Dijo:
01/05/2009 07:47:53 p.m.

Ya te digo si da en la tecla!.. es justo lo que le pasa a mi hija.. Hoy hace 8 meses y la pasa exactamente lo que dice el articulo...Impresionada me he quedado..

María Dijo:
17/09/2008 02:04:12 p.m.

Esta nota da en la tecla totalmente. Benjamín no para de llorar cada vez que salgo a trabajar, mi madre se queda cuidandoló y él no quiere saber nada, solo quiere estar conmigo

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